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Azeri Esports Kluba

Familias y videojuegos

Guía práctica

No tienes que saber jugar para interesarte por lo que juega tu hijo

Una pregunta honesta sobre la partida que hay en la pantalla suele abrir más conversación que cualquier control del reloj.

Azeri Esports Kluba · · 7 min de lectura

Un adulto pasa por detrás del sofá, se queda mirando la pantalla treinta segundos y no entiende nada: hay un mapa, unos iconos que parpadean, alguien grita por el micrófono y su hijo contesta algo sobre «rotar». La frase que sale casi siempre es la misma: «¿pero esto de qué va?». Suena a rendición, y sin embargo es una de las mejores preguntas posibles.

En las actividades que organizamos vemos esa escena a menudo, con la diferencia de que allí el adulto tiene permiso para preguntar. Y cuando pregunta, pasa algo curioso: el chaval se endereza, coge el mando de otra manera y empieza a explicar. No hay que saber jugar para acercarse. Hay que estar dispuesto a que te lo cuenten.

Preguntar no es lo mismo que fiscalizar

La conversación familiar sobre videojuegos suele empezar por el final: cuánto rato lleva, cuándo lo apaga o qué nota sacó. Son preguntas legítimas, pero se parecen bastante a una auditoría, algo que no invita a contar nada. Preguntar por el juego en sí, por lo que intenta conseguir, por qué elige ese personaje o qué pasa si pierde la partida, sitúa la conversación en otro lugar.

Depende mucho del momento, claro. Interrumpir a mitad de una partida competitiva para charlar tiene el mismo efecto que llamar a alguien por teléfono mientras conduce en una rotonda. La pausa entre partidas, la cena o el trayecto en coche funcionan mejor.

Pedir que te enseñen invierte los papeles, y eso ayuda

«Enséñame a jugar a esto» es una frase con más recorrido del que parece. Durante unos minutos, el joven es quien sabe y el adulto quien pregunta. Esa inversión temporal de papeles reconoce un conocimiento real: conocen reglas, sistemas, jerarquías y economías internas. Además, crea un terreno donde después resulta más fácil hablar de otras cosas, incluidas las incómodas.

No hace falta hacerlo bien. Perder estrepitosamente en Mario Kart o no acertar un salto suele ser más productivo que jugar de maravilla: provoca risas, da pie a explicaciones y quita solemnidad al asunto. Lo hemos visto en actividades intergeneracionales, donde el adulto que se atreve a coger el mando acaba rodeado de gente dándole consejos.

Acompañar no es vigilar

Hay una diferencia práctica entre sentarse a ver una partida y sentarse a comprobar si se está haciendo algo malo. La primera versión se nota en las preguntas: son sobre el juego. La segunda también se nota, y el efecto habitual es que el joven cierre la conversación o se lleve la partida a otra habitación.

Esto no significa dejar de prestar atención. La observación funciona mejor cuando forma parte de una relación y no de un control. Si un adulto sabe a qué juega su hijo, con quién y qué le gusta, detectará mucho antes cualquier situación extraña que si solo controla el tiempo total de pantalla.

Lo que sigue siendo responsabilidad adulta

Interesarse no sustituye a decidir. Hay un conjunto de cuestiones que no puede resolver un menor por su cuenta y que conviene revisar de vez en cuando, sin dramatismo y a ser posible juntos.

  • La clasificación PEGI que aparece en la caja o en la ficha de la tienda: orienta sobre edad y sobre contenidos concretos (violencia, lenguaje, juego simulado, compras).
  • Las compras dentro del juego: si hay tarjeta asociada, si se pide contraseña, si existe un límite acordado.
  • El chat de voz y texto: con quién se puede hablar, qué información no se comparte nunca y cómo se bloquea o se reporta a alguien.
  • Las opciones de privacidad de la cuenta y de la consola, que suelen estar abiertas por defecto.
  • Los criterios propios de la familia, que pueden ser más estrictos o más flexibles que la etiqueta según el juego y el hijo concreto.

La propia AAP propone ir un paso más allá de la etiqueta y construir un criterio familiar: mirar un rato el juego, leer de qué va, decidir qué encaja en casa. Es menos cómodo que fiarse de un número, pero se ajusta mucho mejor a la realidad de cada hogar.

Escuchar antes no obliga a aprobarlo todo

Uno de los miedos más habituales es que mostrar interés equivalga a dar el visto bueno. No es así. Se puede entender perfectamente por qué a alguien le gusta un juego y aun así decidir que ese título concreto no entra en casa, o que ese ritmo de partidas no encaja entre semana.

La diferencia está en el orden. Una decisión tomada después de escuchar se explica mejor, se discute mejor y se sostiene mejor. Una decisión tomada sin haber visto nunca el juego se percibe como arbitraria, y normalmente lo es.

Cinco preguntas que funcionan

No son un cuestionario para soltar del tirón. Sirven sueltas, en momentos distintos, y casi siempre dan pie a una respuesta más larga de lo esperado.

  1. ¿Qué estás intentando conseguir en esta partida?
  2. ¿Con quién estás jugando? ¿Son de clase, del pueblo, gente de internet?
  3. ¿Qué es lo que más te gusta de este juego y qué es lo que más rabia te da?
  4. ¿Me enseñas a jugar un rato? Voy a ser malísimo.
  5. Si alguien te dijera algo desagradable ahí dentro, ¿qué harías?

La última es la que más información da y la que menos se hace. No pregunta si ha pasado algo: pregunta qué haría. Es una manera de hablar de seguridad sin acusar a nadie y de dejar claro, de paso, que contarlo en casa es una opción.

El punto de partida realista

Ninguna familia necesita convertirse en experta. Basta con saber a qué se juega, con quién y qué aporta el juego, además de mantener abiertas las decisiones que corresponden a los adultos. El resto se construye con tiempo y algo de curiosidad.

En las actividades presenciales que organizamos con ayuntamientos y asociaciones vemos que ese acercamiento se da más fácil cuando hay un espacio compartido: una tarde en la que padres, madres, abuelos y chavales juegan en la misma sala rompe bastantes prejuicios en las dos direcciones.

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